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¿Qué puedo hacer para estimular el aprendizaje?

Paola Minetti
Psicóloga
¿Qué puedo hacer para estimular el aprendizaje?
Los niñ@s aprenden, necesariamente, siempre. Y muchas veces, a pesar del lugar central que a veces queremos ocupar los adultos respecto a su experiencia de aprendizaje (adultocentrismo).
¿Incorporan los contenidos todos de la misma manera? No.
Teniendo las mismas experiencias, ¿aprenden lo mismo? No.
¿Necesitan de un adulto que los corretee por la casa o la sala con la hoja de actividades? No, jamás.
El aprendizaje se produce todo el tiempo, dentro y fuera de la escuela. Incluso con o sin actividades escolares. En la escuela suceden muchas cosas, a veces también se incorporan contenidos, pero no es lo único y no es siempre.
Hasta aproximadamente los 6 años transitan el periodo que María Montessori llamó: La mente absorbente. Especial etapa en la que “toma de todo lo que lo rodea”. Montessori lo comparó con la absorción de una esponja.
Entonces aquí, estimular nada, a menos que exista una indicación profesional.
Sí podemos:
👉🏼Acompañar en sus intereses y agudizar nuestra capacidad de observación de sus singularidades.
👉🏼Facilitar un ambiente que permita el movimiento y la libre elección. Un ambiente dónde las posibilidades de elegir sean claras y no apabullen.
👉🏼Estar disponibles afectivamente y cuando no lo logramos, saber hacer un paso al costado, reflexionar y volver a intentar.
👉🏼Confiar, siempre confiar en lo que traen y les interesa. Así poder brindar la información que están buscando.
👉🏼Ofrecer herramientas válidas de resolución de conflictos.
👉🏼Leer junto a ellos, pero principalmente para alcanzar esa conexión emocional que se produce a través de la lectura.
En resumidas cuentas, tranquilos, aprenden, nos necesitan cerca, pero no arriba.
Gracias a @mama_y_to que me ayudó a pensar el concepto.
Ph @beauty.and.happiness

Medir el tiempo en la infancia

La madre selva del patio me floreció, la cuarentena lleva más de cuarenta días…
👉🏼Para aprender a leer ¿cuánto tardó? Y… habrán sido unas cuantas decenas de historias que leímos juntas y otras tantas que me vio a mí leer.
👉🏼Tres sueños por noche es descansar.
👉🏼Cuando supo que compartir era más divertido y justo, aprendió a dividir con facilidad.
👉🏼¿Llora mucho? Siempre que necesita algo y no sabe cómo pedirlo.
👉🏼¿En cuánto tiempo aprendió a andar en bici? Unos cuantos porrazos. Algunas mordidas de labios y unos tres apretones fuertes de ojos.
Las métricas: esa es la cuestión.
Qué lindo sería medir el tiempo así ¿verdad? Otras unidades, diferente a las horas o los años. Tiempos singulares y que respondan a nuestros ritmos.
Seguramente, muchas expectativas asfixiantes e innecesarias caerían por el sinsentido.
Siempre decimos que “respetamos el ritmo del niñ@”, pero no nos despegamos de las métricas que nos ubican en los parámetros de la “normalidad”. Así, sólo así, medio nos aliviamos.
Existe, la falsa idea que si todos los alumn@s aprenden lo mismo al mismo tiempo y en el mismo momento, es más fácil llevar adelante el proceso de enseñanza aprendizaje. Aunque no lo digamos así, respondemos a esta idea cuando agrupamos por edad y no por intereses o ciclos por ejemplo.
También, cuando ponemos notas, sobre lo que nosotros consideramos que debió haber aprendido y en el examen no lo pudo “demostrar”.
Porque decimos que respetamos su tiempo, pero a ese tiempo lo calificamos con notas, siempre tomando la vara de la velocidad, la capacidad de repetición o de tener completo el cuaderno.
Porque muchas veces las actividades se hacen a tracción a sangre, y ahí no, no hay aprendizaje significativo. Hay opresión.
Necesitamos, despojar las aulas de métricas y dar tiempo, pero tiempo de verdad, sin máscaras institucionalizantes.
Hoy, en cuarentena, sabemos todo lo que se produce en la escuela, que es mucho más que aprendizajes, quedando la transmisión de contenidos en un cómodo y relegado segundo puesto.
Necesitamos abrazos, olores, miradas cómplices y que salgan corriendo para jugar a la popa estatua.
Deseo, que en dos lunas, nos abracemos.

Montessori ¿Otro mundo?

No fue una, ni dos, ni tres veces las que escuché esta expresión más o menos igual y en este mismo sentido, fueron muchas. Casi siempre con tono peyorativo, o sino con ánimo de “avivate che…”. Les mentiría si les digo que no me enoja. Aunque sé, que está directamente relacionado sobre cómo concebimos la infancia colectivamente.
Desmantelar esta idea, exige, entre otras cosas, enfrentarnos a una serie de prejuicios que tenemos pendientes resolver, en principio, con las infancias, es aquí nuestra deuda.
Decir que deben aprender la realidad lleva implícita la atemorizante idea que seguir la naturaleza del niño, el ritmo de cada uno es peligroso. La homogeneidad, sería el camino seguro.
También supone entender que hay una sola realidad ¿la realidad de quién? ¿la suya? Claramente atravesada y sesgada con su historia, experiencias y sistema de creencias.
Podría continuar el despelleje de este prejuicio, pero los casi 400 caracteres no dan para continuar. De todos modos, quiero sí señalar:
Montessori no es una realidad paralela, encapsulada. Entenderlo y transmitirlo así es traicionar, al menos, sus orígenes.
No existen los niños Montessori, como tampoco existen los niños malos o brillantes. La infancia es infancia con todos sus aconteceres, el resto son etiquetas y necesidades de los adultos que, entiendo yo, deberían pensar y trabajar esto para no generar presiones y ansiedades en los niños a su cargo.
Creer que criar siguiendo la filosofía Montessori es tener la capacidad de sostener una burbuja donde: los padres “sean Montessori”, también los abuelos, llevemos a nuestros niños a una escuela Montessori y todo el mundo con quien tenga contacto opine y diga a partir de la filosofía Montessori, es tan falaz como utópico.
No sé yo cual es el éxito en la mapartenidad, si es que podemos pensarlo en esos términos. Pero sí hay algo que puedo asegurar: habremos hecho mucho por nuestros hijos y alumnos si les damos herramientas emocionales para gestionar situaciones conflictivas.
Sí, hablaremos sobre esto en otra oportunidad.
Te leo.
 La ilustración es vía Pinterest

El sostén emocional

Estaba en 3er grado. Fui la única del curso que saqué un excelente en una prueba re difícil de matemática. Con divisiones y todo.

La primera sorprendida fui yo, la segunda la maestra. Cada una en su intercambio interno, no podíamos creer que una alumna “tan regular” como lo era yo, haya superado ampliamente el objetivo.

Tal vez se imaginen el alboroto entre mis compañeros. Un lugar que solo está reservado para la mejor alumna, fue desbancado por una “doña nadie” en matemática de golpe y porrazo.

Como saben, esto tiene un alto costo. La competencia en la que transitábamos las aulas en aquellos años y aún hoy, me hizo pagar con lágrimas de sangre aquel atrevimiento de desafiar, sin proponérmelo, los lugares académicamente esperados para esa sala.

De la noche a la mañana pasé de ser la medio pelo en matemática a la copiona, la acomodada con la seño o los más benévolos, a dudar sobre la correcta corrección de aquella por mí maldecida prueba de matemática.

Deseé con fuerza haber sacado un Bueno+ como en casi todas mis evaluaciones anteriores. Pero no, el excelente estaba escrito en el margen superior del lado derecho, en verde y cursiva. No quedaban dudas.

Ya en la fila del patio para retirarnos, mi hermano, que iba a 7mo y siempre fue más rápido que las liebres, se acerca y me dice: “ya sé lo que pasó. Vos no le des bola a nadie. Te espero al lado del portón de madera a la salida”

Esas palabras necesarias, amorosas, simples, alcanzaron para erguirme la espalda, levantarme la frente y sacarme de los lugares más incómodos en los que un niño puede estar: la soledad y la desolación.

El episodio vuelve a cobrar sentido ante cada situación difícil. Saber que hay alguien que entiende mi dolor, que me espera en el portón de madera y que resuelvo situaciones conflictivas sin escuchar opiniones ajenas.

Esto es acompañar la infancia, esto es ser adulto testigo.

A veces son los mapadres o los hermanos, o las maestras. Muchas, muchas veces son las maestras.

Un niño respetado respetará

“Un niño respetado respetará” Dice Tim Seldim ¿Pero qué es respetar a un niño? Respetar a un niño es renunciar al soñado” y abrazar al que tenemos aquí, frente nuestro.  Así termina de conceptualizar la idea Charlotte Poussin.
Y aunque visibilizar esta necesidad es un trabajo que exige despellejarse, capa a capa como la cebolla, porque no es un concepto que se incorpora como una información más, así como la receta que te da el pediatra para la faringitis, el deconstruirse es una vivencia, un viaje de ida. Porque además, si hay algo que la mapaternidad tiene de suyo, es la interpelación por dónde la mires o por dónde te mire ella a vos.
Y cuando estás agobiada por las dudas, aparece una pequeña luz que te indica que al menos, tan mal no lo estás haciendo:
__¿Caminamos para allá, para el lado del parque?
__No má ¡no se puede ir al parque!
—————-
__¿Cuánto hace que salimos mami? ¿ya tenemos qué volver?
__ Hace cuarenta minutos más o menos. Sí, ya podemos ir caminando hacia casa.
No, no quise decirle que si nos pasábamos un poquito de la hora permitida, no pasaba nada. Tampoco quise decirle que nadie había tomado nota de la hora exacta que salimos de casa. Ni que para cumplir las reglas necesitamos un control externo.
Me dije: “Nina ya es parte de la generación que no necesitará policías para hacer lo colectivamente justo y lo subjetivamente fundamental, importante”.
Supe, con certeza, que respetar lo que ella es, trae o propone, no solo es respetarla. El respeto a la singularidad nos trasciende en lo cotidiano. Es, en suma, respetar la naturaleza humana, subjetiva, es sin exagerar, criar para la paz, educar para la paz dice Montessori.
Aprovecho para escribir esto hoy, aquí y ahora. En un rato ya me apabullarán nuevamente las dudas de la maternidad, y como siempre, lidiaré con ellas, les pondré el cuerpo y ocuparán mi tiempo cuando esté a solas con la almohada. Tal vez, pueda con ellas.
Te leo.
PH: @beauty.and.happiness

Los eventos infantiles

Hace tiempo ya, que acompaño a mi hija a las fiestas de cumpleaños. Evento que para las familias nos marca un antes y un después en el año. Es como la navidad en el ámbito familiar.

Resulta, que tanto a mí cómo a otras familias, cuando deseamos ofrecer una propuesta diferente a la estandarizada, necesitamos buscar por cielo y tierra espacios que tengan la cintura para acomodarse a nuestros pedidos.

Observo con tristeza cómo en los salones infantiles los jóvenes a quienes los peques llaman “profe” los ponen a competir descarnadamente unos con otros. Chantagean con premios y castigos cuando no logran el “orden” que esperan. Nos debemos conformar cuando lo que ofrecen a cambio de quietud y silencio, no son caramelos o chupetines.

Personajes muchas veces siniestros, que parecen salidos de la escuela de Krusty el payaso de Los Simpson, que a pesar que trabaja con niños, los aborrece, les fastidian.

La crueldad de escuchar decir muy livianamente: “Te vas a quedar sin sorpresita” “El que no hace lo que el profe dice es un  papa frita” ¿Se imaginan que a los adultos los anfitriones de una fiesta nos digan que si bailamos mucho no podemos tomar más cerveza? ¿no nos brindarán postre?

¿Por qué seguimos naturalizando estos destratos en los niños?

Con el tema de los alimentos que ofrecemos es otro raid. Cuando planteamos que no queremos ofrecer a los niños hamburguesas de las congeladas o salchichas…. Los dueños de los salones nos miran raro y piensan: “Listo, chau. Cerrame la 4”

He presenciado actividades tan dantescas como patéticas, dónde se nos invita a los padres a participar donde los padres compiten con las madres en un baile y los adultos comienzan a arengar “bbhhuuuu  a las mujeres” Eso, sí, como la forma de divertirnos junto a nuestros hijos que así nos divertimos los adultos.

Necesitamos espacios respetuosos, que el jugar por jugar prime y mientras menos dirigido mejor. Necesitamos tomar conciencia sobre que proponemos y qué reproducimos automáticamente.

 

Paola Minetti

Psicóloga

Especialista en Pedagogía Montessori

El doble discurso en las infancias

Les decimos que deben ser solidarios y ayudar a sus compañeros, pero cuando alguno de ellos necesita una real ayuda en una evaluación no le permitimos esa colaboración.

Les decimos que deben comer frutas y vegetales pero jamás nos ven alimentándonos gustosamente de esos alimentos, o lo que es peor, murmuramos en su presencia sobre esa familia rara, los padres de su amiguito, que son vegetarianos o veganos.

Les decimos también que de los errores se aprende, pero ¿qué pasa cuando llegan con correcciones en el cuaderno o en una evaluación? ¿Le castigamos? ¿Le hacemos hacer mil veces esas cuentas que salieron mal? ¿Nos detenemos a pensar cuál es el origen de ese error? ¿Habrá pasado el mismo mal día que nosotros?

“Hacele caso la seño” ¿y cuáles son nuestras opiniones en su presencia sobre la seño cuando algo no nos gusta?

Ellos tienen clarísimo que todos somos diferentes y no hay peros con eso. Nosotros, los adultos seguimos insistiendo con la muletilla que todos somos iguales. De igual manera, les sugerimos con quién deberían sentarse en la escuela.

Les decimos que lo importante es participar, pero ¿qué nos escuchan decir cuando juega nuestro equipo de fútbol y le cobran un penal o pierden? ¿Insultamos? ¿Escupimos aquellas palabrotas que no nos gusta escuchar de sus bocas?

¿Qué nos pasa cuando olvidan el buzo en la escuela? Mientras que en el día a día nosotros olvidamos hasta de sacar la comida del freezer.

Les pedimos que nos cuenten todo, pero cuando intenta relatarnos sobre un compañerito que no quiso jugar con ellos ¿Les decimos que no importa? Para ellos sí es un problema y a veces no pueden con eso.

No me refiero a nuestras contradicciones, no. Nadie resiste un archivo. Me refiero al doble discurso, al metamensaje arraigado, incuestionable, anquilosado. A ese hueso duro de roer.

Les hablamos del deber ser, sin ser nosotros ni por asomo aquel ser.

No pongamos sobre sus espaldas la pesada mochila de cambiar el mundo, sin antes reflexionar sobre nuestros decires y haceres cotidianos. Les pedimos mucho, mucho más de aquello que nosotros podríamos ser alguna vez.

Las leo.

Lactancia

Ella llegó antes, con 37.1 semanas. El corte tomó tan desprevenido a mi cuerpo que tardó 10 largos días en decirle a mis tetas “¡Listas ya! Ahora”

Allá, lejos de mi tierra, con costumbres y maternajes diferentes. Todos me dijeron “No. ya tira la toalla, no tenés leche”. Queriendo animarme, no hacían otra cosa que poner granos de sal parrillera en la herida.

Ahí, con extractor en mano, que solo aspiraba aire, sentada en el sofá mientras ella dormía, transité esos jodidos y primeros días del puerperio.

Mi obstinación por maternar con teta y el hociqueo de Nina cada vez que la llevaba a mi pecho, se abrazaron. Hicieron la gloriosa comunión y el oro blanco brotó, chorreó y alimentó, no solo de nutrientes, también de amor y calma.

Comenzó esa fusión constitutiva. Las dos éramos recién nacidas, ella llegaba al mundo y yo me construía como mamá.

PH: Martín Amestoy @bauty.and.happiness

 

Paola Minetti

Psicóloga

Especialista en pedagogía Montessori

Aprovechemos el tiempo, hagamos las tareas

Este curioso concepto de “aprovechar el tiempo” que tenemos de este lado del mundo.

Cuando salimos de las rutinas cotidianas o tomamos unos días de descanso, nuestra particular forma de aprovechar el tiempo muestra su versión más absurda.

Así, todo hueco tiene que ser llenado, cada fisura tiene que ser emparchada, con lo que sea, pero si es “produciendo o consumiendo” (paseos, comidas, compras)  nos da ese “buscado falso alivio”.

El ocio improductivo, el descanso, las necesarias desconexiones, el aburrimiento no solo son vividas como una pérdida de tiempo sino que además gozan de la mala fama que solo los “vagos” ven importante.

Y a ese tren, al que estamos subidos casi sin preguntárnoslo, empalmamos a nuestros hijos.

Nos ocupamos de sus agendas súper apretadas, para aprovechar el tiempo, para cuando sean grandes sepan hablar inglés fluido o se preparen para tal o cual destreza, habilidad, muchas veces que nosotras mismos elegimos y estén listos para esa carrera de la vida, que jamás tiene ganadores, sino apasionantes caminos laberínticos.

Nos lamentamos cuando nacen a principios de julio, porque no podrán ingresar a la escuela un año antes….

Aunque a nuestros 40 bien sabemos que hay tiempo para todo, aun así, insistimos en esta loca carrerita siniestra.

No, no solo ponemos varias actividades extraescolares, sino que además, estamos convencidos que las tareas obligatorias de la escuela aportan y suman en el aprendizaje.

Como si un miércoles o jueves de junio, a las 20 hs, llegamos a casa todos requetecansados y para “aprovechar el tiempo” que estuvieron en la escuela debemos correrlos con la hoja de la tarea en la mano. Encomendándonos a todos los santos para que en esta batalla, nadie salga tan herido. Como si el aprendizaje ahí, en ese contexto pudiera acontecer.

Las tareas vienen a enmascarar la deficiencia de un sistema educativo y, como siempre esta deficiencia, la ponemos del lado de los niños. Y que lejos de aportar o afianzar conocimientos, oprime, castiga, aleja del objetivo principal: disfrutar y apropiarse del espacio educativo.

No hay forma de ganarle al tiempo, ya lo vemos con el whatsapp, velocísimo, y aun así el tiempo sigue siendo poco.

Nada de lo que implique la subjetividad, podrá tomar atajos. Porque solo nos sentiremos en paz con el tiempo cuando nos impliquemos subjetivamente en la decisiones que asumamos y no sean solo para no perder ansiosamente el tiempo.

 

Paola Minetti

Psicóloga

Especialista en pedagogía Montessori

El Guasón

Una peli fuerte, fuertísima. De esas obras que te tiran en la jeta las miserias humanas sin caer en ese binomio muchas veces absurdo o utópico del bueno y el malo.

No van a encontrar la típica película hollywoodense donde los personajes bien definidos “hacen lo que tienen que hacer” El bueno hace bondades y el malo maldades. El fondo es más complejo. La locura a la que llega un adulto que de niño fue descuidado y maltratado.

Hago esta reseña porque se ve sin edulcorantes cómo los abusos píquicos, físicos y emocionales en la infancia, hacen estragos en la vida adulta.

La crianza respetuosa trasciende exponencialmente a armar un cuarto bonito y cuidar de los niños que tenemos en casa. Es cuidar también a los niños del barrio, o a los hijos de amigos, a todos. Es sin duda, escuchar y dar lugar a lo que ellos traen.

Me viene a la cabeza ahora el concepto de “adulto testigo” de Alice Miller. Dónde dice que habiendo un adulto dispuesto a escuchar el dolor emocional y psíquico en la infancia, hará una gran diferencia en ese adulto por-venir.

Por suerte, hay muchos docentes que bien saben de esto.

Por otra parte, la composición que hace Joaquín Phoenix del personaje Arthur Fleck es simplemente fuera de serie.

¿Ustedes la vieron? ¿Qué les pareció? ¡No vale spoilear!

 

Paola Minetti
Psicóloga
Especialista en pedagogía Montessori