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El doble discurso en las infancias

Les decimos que deben ser solidarios y ayudar a sus compañeros, pero cuando alguno de ellos necesita una real ayuda en una evaluación no le permitimos esa colaboración.

Les decimos que deben comer frutas y vegetales pero jamás nos ven alimentándonos gustosamente de esos alimentos, o lo que es peor, murmuramos en su presencia sobre esa familia rara, los padres de su amiguito, que son vegetarianos o veganos.

Les decimos también que de los errores se aprende, pero ¿qué pasa cuando llegan con correcciones en el cuaderno o en una evaluación? ¿Le castigamos? ¿Le hacemos hacer mil veces esas cuentas que salieron mal? ¿Nos detenemos a pensar cuál es el origen de ese error? ¿Habrá pasado el mismo mal día que nosotros?

“Hacele caso la seño” ¿y cuáles son nuestras opiniones en su presencia sobre la seño cuando algo no nos gusta?

Ellos tienen clarísimo que todos somos diferentes y no hay peros con eso. Nosotros, los adultos seguimos insistiendo con la muletilla que todos somos iguales. De igual manera, les sugerimos con quién deberían sentarse en la escuela.

Les decimos que lo importante es participar, pero ¿qué nos escuchan decir cuando juega nuestro equipo de fútbol y le cobran un penal o pierden? ¿Insultamos? ¿Escupimos aquellas palabrotas que no nos gusta escuchar de sus bocas?

¿Qué nos pasa cuando olvidan el buzo en la escuela? Mientras que en el día a día nosotros olvidamos hasta de sacar la comida del freezer.

Les pedimos que nos cuenten todo, pero cuando intenta relatarnos sobre un compañerito que no quiso jugar con ellos ¿Les decimos que no importa? Para ellos sí es un problema y a veces no pueden con eso.

No me refiero a nuestras contradicciones, no. Nadie resiste un archivo. Me refiero al doble discurso, al metamensaje arraigado, incuestionable, anquilosado. A ese hueso duro de roer.

Les hablamos del deber ser, sin ser nosotros ni por asomo aquel ser.

No pongamos sobre sus espaldas la pesada mochila de cambiar el mundo, sin antes reflexionar sobre nuestros decires y haceres cotidianos. Les pedimos mucho, mucho más de aquello que nosotros podríamos ser alguna vez.

Las leo.

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