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EL CHANTAJE EMOCIONAL

Paola Minetti

Psicóloga. Especialista en Pedagogía Montessori

Un día Nina con 3 añitos me dijo: “Si no vamos al parque ahora, no te invito a mi cumpleaños” ¡Chan! Por muy graciosa que pueda parecer la frase, escuché una estrategia extorsiva muy bien aprendida y usada adecuadamente. Había ahí algo que acoger sin enfrentar y vínculos que revisar de manera urgente entre los adultos.

Por diferentes vías me han llegado artículos sobre este temón y temazo. He observado tantos episodios de descarada violencia y coerción hacia niños que considero necesario continuar visualizando el tema.

Lo que más me alarma de verdad, no es tanto el chantaje en sí, que de por sí es grave, sino la frecuencia y la facilidad con la que recurrimos a su uso, sin tener conciencia que lo estamos haciendo o peor aún, tomándolo como una herramienta válida y de apariencia efectiva en el acompañamiento de la gestión de las emociones.

Aunque a muchos les parezca exagerado, se siguen utilizando amenazas como “Si no te dormís, el cuco que está debajo de la cama te viene a buscar” Cómo si el dormir fuera simplemente un acto voluntario, cómo si el miedo fuera el antídoto para serenar la excitación del día ¿Se preguntaron por qué tanta gente necesita ansiolíticos para dormir o que “simplemente” sufre de insomnio? Obviamente esto no es 2 + 2 pero puede ser la punta del ovillo.

Otro chantaje que no resiste justificación es: “si dejás de llorar, te compro caramelos” Chan al cubo, el mensaje: los momentos tristes se “solucionan” con comida, si es azucarada mejor ¿hay ahí alguna herramienta válida que le estemos brindando para la solución de un conflicto? Indiscutiblemente NO. Solo futuros adultos que probablemente recurran a comer ansiosamente sin saber porqué en los momentos difíciles los transitan masticando sin parar.

Probablemente, ponerlo en un plano simple y lineal sea un reduccionismo, hasta casi absurdo, lo admito. De todos modos aspiro que reflexionemos sobre cómo nos conectamos emocionalmente con nuestros hijos, muchas veces lo hacemos desde el miedo. El peso de las palabras en el psiquismo en constitución de nuestras amadas crías, puede ser indeleble de no estar nosotros conscientes.

No es lo mismo decir “ya te dije mil veces que te vayas a bañar, si no vas al baño te apago la tv” a decir “¿te parece que luego del baño miramos tv?” o “Si no salís del arenero ya, te vas a quedar sola acá” a decir “¿querés seguir jugando en el arenero? Si, a mí también me gustaba mucho jugar ahí cuando tenía tu edad. Pero pronto nos tenemos que ir, jugas un ratito más y luego nos vamos ¿te parece?”

La forma en que lo decimos es cualitativamente distinta y significativamente amorosa y respetuosa. Hay como un acuerdo tácito y perversamente implícito que acepta brindar un trato irrespetuoso y hasta violento con nuestros niños ¿Por qué aceptamos tratar a nuestros niños como no lo haríamos con otros adultos?

En otro post les cuento en que terminó la invitación al cumple de mi hija y de dónde venía ese aprendizaje.

 

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