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Cuando no saber da placer…

Cuando no saber da placer…

Una vez mi hija me contó que su maestra de segundo grado en la escuela le decía “la Preguntona”, y si bien en mi interior me sentí contenta, sabiendo que mi niña se daba el lugar de preguntar, supe que la intención de la maestra no era la de valorarla, sino, mostrar que estaba molestando con sus interrogantes…

Verbal o mentalmente los niños y niñas están continuamente haciendo y haciéndose preguntas. Intentando, de esta manera, entender u obtener respuestas a lo nuevo o a lo que contradice lo que ya saben.

Paralelamente y a otro ritmo, los adultos hacemos lo mismo. En el vínculo con ellos, muchas veces damos por hecho que ya tienen cierto conocimiento  o explicamos sin chequear si eso de lo que hablamos lo saben o no.

El correr del tiempo y nuestro paso por instituciones (en especial por las educativas) nos hizo centrar en el valor de dar respuestas correctas y se menosprecia la pregunta, que pone al quien no sabe en un lugar peyorativo.

Así sucede, que gradualmente y sin intención, los niños se van adaptando a este “mandato” y van perdiendo su capacidad innata de interrogarse e interrogar. Del disfrute de formular preguntas. Se van convirtiendo en un depósito de respuestas y con estas construyen su forma de ver el mundo, que no es más que la forma en la que lo vio el otro.

Que esto sucede en la escuela (sin generalizar), no es una novedad. Y en cierto modo, que los niños puedan entender este funcionamiento y adaptarse al mismo es una buena estrategia para seguir adelante.

¿Pero en casa? ¿Cómo nos manejamos como padres/madres ante la insistente habilidad de preguntar de nuestros hijos/as?

¿Cuánto enlatado de respuestas les damos? ¿cuánto deseamos y hacemos por el desarrollo del pensamiento autónomo? ¿cuánto tiempo le dedicamos a preguntar acerca de sus preguntas?

Repreguntar, acompañarlos a que encuentren su propia respuesta, construir su propio saber.

A hacer preguntas se aprende, lo aprendimos nosotros también. Y depende de las preguntas que formulemos, podemos abrir mundos o quedarnos en espacios estancos. ¿Será que aumentando nuestra capacidad de preguntar el proceso de búsqueda de respuestas se hace más interesante?

¿Será que las respuestas se vuelven más autónomas e independientes, y tienen que ver más con cada uno de nosotros?

¿Cómo podemos hacer los padres/madres  para ayudar a que nuestros hijos e hijas no pierdan la conexión con el placer de preguntar?

Crear un clima agradable para transitar el no saber. Reconocer la propia ignorancia, lo “normal” de la duda, mostrar distintos puntos de vista, no hacer juicios de valor, incentivar debates y discusiones respetuosas, mostrar distintos puntos de vistas, buscar fuentes diversas.

Si buscamos formar niños y niñas con pensamiento autónomo, creativo, independiente, necesitamos propiciar espacios donde sea fundamental el planteo de interrogantes. Cuidado, contención, amor, a esa capacidad innata para que no se marchite ni se pierda, ni se enmascare con certezas y seguridades que la cultura pide.

 

Pamela Tifni

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