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Montessori ¿Otro mundo?

No fue una, ni dos, ni tres veces las que escuché esta expresión más o menos igual y en este mismo sentido, fueron muchas. Casi siempre con tono peyorativo, o sino con ánimo de “avivate che…”. Les mentiría si les digo que no me enoja. Aunque sé, que está directamente relacionado sobre cómo concebimos la infancia colectivamente.
Desmantelar esta idea, exige, entre otras cosas, enfrentarnos a una serie de prejuicios que tenemos pendientes resolver, en principio, con las infancias, es aquí nuestra deuda.
Decir que deben aprender la realidad lleva implícita la atemorizante idea que seguir la naturaleza del niño, el ritmo de cada uno es peligroso. La homogeneidad, sería el camino seguro.
También supone entender que hay una sola realidad ¿la realidad de quién? ¿la suya? Claramente atravesada y sesgada con su historia, experiencias y sistema de creencias.
Podría continuar el despelleje de este prejuicio, pero los casi 400 caracteres no dan para continuar. De todos modos, quiero sí señalar:
Montessori no es una realidad paralela, encapsulada. Entenderlo y transmitirlo así es traicionar, al menos, sus orígenes.
No existen los niños Montessori, como tampoco existen los niños malos o brillantes. La infancia es infancia con todos sus aconteceres, el resto son etiquetas y necesidades de los adultos que, entiendo yo, deberían pensar y trabajar esto para no generar presiones y ansiedades en los niños a su cargo.
Creer que criar siguiendo la filosofía Montessori es tener la capacidad de sostener una burbuja donde: los padres “sean Montessori”, también los abuelos, llevemos a nuestros niños a una escuela Montessori y todo el mundo con quien tenga contacto opine y diga a partir de la filosofía Montessori, es tan falaz como utópico.
No sé yo cual es el éxito en la mapartenidad, si es que podemos pensarlo en esos términos. Pero sí hay algo que puedo asegurar: habremos hecho mucho por nuestros hijos y alumnos si les damos herramientas emocionales para gestionar situaciones conflictivas.
Sí, hablaremos sobre esto en otra oportunidad.
Te leo.
 La ilustración es vía Pinterest

El sostén emocional

Estaba en 3er grado. Fui la única del curso que saqué un excelente en una prueba re difícil de matemática. Con divisiones y todo.

La primera sorprendida fui yo, la segunda la maestra. Cada una en su intercambio interno, no podíamos creer que una alumna “tan regular” como lo era yo, haya superado ampliamente el objetivo.

Tal vez se imaginen el alboroto entre mis compañeros. Un lugar que solo está reservado para la mejor alumna, fue desbancado por una “doña nadie” en matemática de golpe y porrazo.

Como saben, esto tiene un alto costo. La competencia en la que transitábamos las aulas en aquellos años y aún hoy, me hizo pagar con lágrimas de sangre aquel atrevimiento de desafiar, sin proponérmelo, los lugares académicamente esperados para esa sala.

De la noche a la mañana pasé de ser la medio pelo en matemática a la copiona, la acomodada con la seño o los más benévolos, a dudar sobre la correcta corrección de aquella por mí maldecida prueba de matemática.

Deseé con fuerza haber sacado un Bueno+ como en casi todas mis evaluaciones anteriores. Pero no, el excelente estaba escrito en el margen superior del lado derecho, en verde y cursiva. No quedaban dudas.

Ya en la fila del patio para retirarnos, mi hermano, que iba a 7mo y siempre fue más rápido que las liebres, se acerca y me dice: “ya sé lo que pasó. Vos no le des bola a nadie. Te espero al lado del portón de madera a la salida”

Esas palabras necesarias, amorosas, simples, alcanzaron para erguirme la espalda, levantarme la frente y sacarme de los lugares más incómodos en los que un niño puede estar: la soledad y la desolación.

El episodio vuelve a cobrar sentido ante cada situación difícil. Saber que hay alguien que entiende mi dolor, que me espera en el portón de madera y que resuelvo situaciones conflictivas sin escuchar opiniones ajenas.

Esto es acompañar la infancia, esto es ser adulto testigo.

A veces son los mapadres o los hermanos, o las maestras. Muchas, muchas veces son las maestras.

Un niño respetado respetará

“Un niño respetado respetará” Dice Tim Seldim ¿Pero qué es respetar a un niño? Respetar a un niño es renunciar al soñado” y abrazar al que tenemos aquí, frente nuestro.  Así termina de conceptualizar la idea Charlotte Poussin.
Y aunque visibilizar esta necesidad es un trabajo que exige despellejarse, capa a capa como la cebolla, porque no es un concepto que se incorpora como una información más, así como la receta que te da el pediatra para la faringitis, el deconstruirse es una vivencia, un viaje de ida. Porque además, si hay algo que la mapaternidad tiene de suyo, es la interpelación por dónde la mires o por dónde te mire ella a vos.
Y cuando estás agobiada por las dudas, aparece una pequeña luz que te indica que al menos, tan mal no lo estás haciendo:
__¿Caminamos para allá, para el lado del parque?
__No má ¡no se puede ir al parque!
—————-
__¿Cuánto hace que salimos mami? ¿ya tenemos qué volver?
__ Hace cuarenta minutos más o menos. Sí, ya podemos ir caminando hacia casa.
No, no quise decirle que si nos pasábamos un poquito de la hora permitida, no pasaba nada. Tampoco quise decirle que nadie había tomado nota de la hora exacta que salimos de casa. Ni que para cumplir las reglas necesitamos un control externo.
Me dije: “Nina ya es parte de la generación que no necesitará policías para hacer lo colectivamente justo y lo subjetivamente fundamental, importante”.
Supe, con certeza, que respetar lo que ella es, trae o propone, no solo es respetarla. El respeto a la singularidad nos trasciende en lo cotidiano. Es, en suma, respetar la naturaleza humana, subjetiva, es sin exagerar, criar para la paz, educar para la paz dice Montessori.
Aprovecho para escribir esto hoy, aquí y ahora. En un rato ya me apabullarán nuevamente las dudas de la maternidad, y como siempre, lidiaré con ellas, les pondré el cuerpo y ocuparán mi tiempo cuando esté a solas con la almohada. Tal vez, pueda con ellas.
Te leo.
PH: @beauty.and.happiness